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EL CAUCA: HIJOS DEL SOL Y DE LA TIERRA

Un prometedor proceso audiovisual se está desarrollando al sur del país, entre los Andes y el océano Pacífico, en el Departamento del Cauca. Esta región ha sido, desde la época de la Conquista, uno de los centros del país que más ha luchado por su tierra.

Se formaron distintas instituciones: desde el CRIC (Concejo Regional Indígena del Cauca) hasta la agrupación guerrillera Quintín Lame. A partir de su fundación el CRIC, como otras organizaciones, tuvo presente la importancia de los medios masivos de comunicación y creó un departamento de comunicaciones encargado de utilizar estos recursos.

En 1991, el Quintín Lame se desmovilizó y creó la Fundación SOL Y TIERRA, que entre sus actividades ha hecho hincapié en la realización de videos como una herramienta de reconocimiento cultural y de trabajo con sus pueblos. Más adelante, otras organizaciones se crearon, interesadas tanto en el cambio social y político, como en una expresión artística: grupos como el Colectivo Amalaka de la Fundación Pintap Mawá (Pintar todo el día).

Además de las labores institucionales, ha sido importante en el proceso caucano los talleres realizados por directores como Lisandro Duque en 1988 y Martha Rodríguez a comienzos de los noventa, con quien se realizaron documentales como Nuestra voz de tierra, memoria y futuro, que fueron divulgados en la zona por medio de un cine itinerante a cargo de Daniel Piñakué y Antonio Palechor.

Ya en la época de esos talleres, que contribuyeron ante todo a la popularización y consolidación de la expresión audiovisual, existían personas como Ofelia Ramírez, guionista de algunos capítulos de la serie de televisión Yuruparí, y algunos realizadores que se interesaban en expresiones como el videoarte: Gustavo Wilches, José Manuel Valdés y Oscar Eduardo Potes.

Es apenas lógico que desde su inicio el centro del trabajo audiovisual indígena haya estado más en el contenido y en el proceso de producción, correspondiente a un modelo solidario y participativo, donde los objetos del documental son a la vez sujetos: definiendo los temas que consideran importantes, las imágenes y las historias que quieren registrar en el tiempo, que en elaboraciones acerca de su estética, de lo cual se han ocupado más los video artistas, y es por ello que la forma de los videos indígenas tiende a ser convencional.

Sin embargo, preguntas estéticas también son importantes: así como las lenguas Páez y guambiana hacen parte de los videos porque suponen una visión del mundo, sería interesante que los grupos indígenas americanos y las negritudes encontraran una gramática propia, porque la forma y el ritmo también definen el pensamiento.

Para construir se necesita del diálogo y el proceso del Cauca está en marcha, lo verdaderamente lamentable es que la producción del Cauca no haya tenido suficiente divulgación: sólo el mano a mano de los talleres y los amigos, los encuentros indígenas, el Canal Local de Popayán y a veces el Canal Regional del Pacífico, sin ningún espacio en los canales nacionales y ello a pesar de la acogida que ha tenido por fuera del país en muestras de videoarte y de video documental.

Toda clasificación es arbitraria y conduce a exclusiones difícilmente justificables. Este texto también podría ser un ejemplo de ello. Ya hacia el final, empiezan a surgir otros nombres y comentarios no escritos y aparecen otras provincias para esta geografía virtual: la de los Santanderes o el Chocó, la de los colombianos más allá de Colombia (v.g. Carlos Bernal y Santiago Herrera que navegan entre Alemania y su origen, Patricia Cardoso que obtuvo el Oscar a la mejor película universitaria en 1996 o Fernando Vallejo, el escritor que hizo dos películas en México) y la provincia de los colombianos más allá de esta vida, gente con errores y con aciertos que desde distintas labores se dedicaron a crear y contribuyeron a hacer de algunos amigos nuevos quijotes, gente tan entrañable como Andrés Caicedo, Juan Guillermo López y Luis Alberto Álvarez.

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